4 de enero de 2010

La ley de la Atracción


Si alguien me pregunta ¿cuál dirías que es el misterio qué más preocupa a la humanidad?, ¿el origen del universo?, ¿la existencia de Dios?, ¿qué hay después de la muerte?, sin duda respondería que creo que el misterio que más nos tiene fascinados es la atracción entre las personas, lo que hace que alguien nos caiga mejor o peor, que busquemos su amistad o la evitemos, y la más conocida de todas: la atracción romántica.

Hablamos de química, de feeling, de energías, y todo ello se relaciona con nuestra personalidad, que es compleja, cambiante, y que evoluciona con nuestra interacción con los demás. Todos hemos rellenado alguna vez ese cuestionario en la revista de la sala de espera por el que intentamos averiguar quienes somos ¿eres tímido?¿eres apasionado?¿eres alguien con éxito en la vida?... Saber quienes somos resulta vital si queremos comprender lo que sucede a nuestro alrededor, ya que nuestra personalidad es un imán, tanto para las personas como para las situaciones.

A lo largo de la vida se producen dos tipos de relaciones: las de contraposición y las de afinidad. Ambas son útiles y nos ayudan a crecer, pero funcionan de forma diferente. En una relación por contraposición nos encontramos ante alguien cuya personalidad desarrolla algunos aspectos que permanecen dormidos en nosotros, y de repente, alguien muy organizado, extrovertido, con ciertas dotes de liderazgo nos parece atractivo a nuestros ojos tímidos, introvertidos y poco sociables. Ahí diríamos que alguien nos "complementa". "Es que es todo lo que me gustaría ser, por eso me encanta"... nuestra personalidad bulle de emoción al darse cuenta del potencial que hay en una relación así: podemos aprender de alguien a quien admiramos, para desarrollar esa parte de nosotros que necesita un refuerzo.

Y así es hasta que ese anhelado crecimiento se produce... o no. No todo el mundo es consciente de porqué se siente atraído por alguien, sólo sabe que esa persona se ha convertido en el centro de su atención, sus pensamientos, su deseo (ya sea para ser su pareja o para una amistad). Hay muchas parejas y amistades que sorprenden por lo diferentes que son el uno del otro, y que aún así parecen tener una vida armoniosa, y podríamos decir que parece cierto que "polos opuestos se atraen". Se atraen... hasta que dejan de hacerlo.

Cuando hemos desarrollado esos aspectos "complementarios", nos damos cuenta de que, por más organizados que intentamos ser, o cuanto más nos esforzamos por ser extrovertidos y organizados, jamás llegaremos al mismo punto en el que está la otra persona. Y eso en algunos aspectos no es demasiado relevante, pero en otros sí. Ser demasiado opuestos implica que, para funcionar en equilibrio, hay que lograr adaptarse o desarrollar esa parte de nosotros que nos resulta extraña, y se consigue, pero sólo en un porcentaje, y al final nunca se llega a un punto intermedio entre ambos, produciéndose a partir de ahí los roces: "pero si yo me esfuerzo en ser ordenado, en dar conversación a tus amigos, en participar en las actividades que organizas constantemente", "sí, pero no te esfuerzas lo suficiente".... si lo único que nos mantiene unidos a esa persona son los aspectos contrapuestos, con el tiempo sentimos que no se valoran nuestros esfuerzos por crecer, y aunque en conjunto hemos evolucionado, nunca parece suficiente y con el tiempo esta clase de relación se va muriendo en el mar de los reproches.

En una relación por afinidad, sin embargo, nos vemos reflejados en la otra persona, ya que su personalidad es básicamente una copia de la nuestra, es "nuestra alma gemela", es cuando no hace falta que digas lo que estás pensando porque el otro lo acaba de decir en voz alta. Esta clase de relación, sobretodo al principio, es un torrente de exclamaciones constante: "vaya, parece que me hayas leído el pensamiento" "!yo también soy aficionada a los Sudokus complicadísimos!" "¿cómo? ¿qué tienes esa primera edición de El principito que llevo años buscando?"... todo parece mágico e increíble, y cualquier conversación o actividad conjunta es un contínuo potenciarse, las horas pasan volando y parecen envueltas en un halo de ilusión y alegría. Esto cumpliría con la ley de que "lo semejante atrae lo semejante", y las relaciones de este tipo son un continuo fluir... hasta que se estancan. Nos centramos tanto en aquello que compartimos que seguimos dejando olvidados esos aspectos menos desarrollados, que terminan por reclamar su momento de atención, y al aparecer, si no estamos preparados para ello, se interponen en esa armonía ilusoriamente perfecta.

Entonces.... ¿qué tipo de relación es la mejor? Pues una mezcla de las dos, por supuesto, ya que cada una cumple con su cometido. Y ahora seguro que alguien me dirá... pero eso no es posible... Pero sí lo es, si somos conscientes de quienes somos y atendemos a todos los factores de nuestra personalidad. No es que tengamos que buscar a alguien 100% compatible, tanto en lo que nos parecemos como en lo que nos oponemos, ésa sí es una misión imposible... se trata de saber que con cada persona que nos relacionamos tenemos la oportunidad de desarrollar nuestra personalidad en aquello que nos caracteriza (nuestros aspectos más fuertes) y en aquello que nos gustaría ser (nuestros aspectos más débiles), porque todos ellos están presentes y la armonía, la paz interior, surge del equilibrio entre todos ellos.

Para ello es preciso renunciar a una idea ampliamente difundida de que nuestra pareja ideal es la única que nos hará felices. Sólo nosotros podemos hacernos felices, y para ello buscamos relacionarnos con aquellas personas que nos ayudan a crecer, a sentirnos cada vez seres más completos y por tanto, más complejos. Cuanta más complejidad, mayor flexibilidad, que nos permite adaptarnos y comprender a toda clase de personas. El secreto, en este caso, está en no diferenciar la clase de relación que tenemos, si es una amistad o una relación amorosa, sinó en si esa relación nos permite completarnos a nosotros mismos. Y a partir de ahí, disfrutar de nuestra forma de ser, aprender a admirarnos y a compartir lo que somos con los demás, sabiendo que somos únicos y que nuestro grado de compenetración, de conexión con otro ser humano será solamente un porcentaje. Aprendamos a convivir desde nuestra búsqueda de la plenitud, sin traspasar a los demás nuestra responsabilidad de crecer.

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