5 de marzo de 2010

La barca

(Imagen cedida por José Luís - Uris)

No sé qué día es hoy, supongo que uno más que ayer. Mis pasos me llevan de nuevo a la orilla donde el viejo barco ve pasar los días, encallado en la arena, dejando que la herrumbre se adueñe de todos sus rincones. Está tan encallado como mi vida, presa ya de la inmovilidad de las algas de la edad, y el moho del tedio.

Aquí paso muchas horas, quizá con la esperanza de que en cualquier momento suba la marea y mi vida se mueva, que pueda partir mi alma a otros puertos. Estoy cansado, mis piernas flaquean ya pero no mi ánimo, que sigue vivo.

Al menos sé que cuando llegue a mi rincón todo estará como siempre, las mismas cuerdas, las mismas barcas, el mismo ángulo de inclinación... una vez lo medí, eran exactamente 38 grados. Es de esas curiosidades que no sirven para nada pero que se vuelven imprescindibles una vez que la idea cruza por tu mente.

Encuentro cierta tranquilidad en saber que el paisaje permanece tal como lo dejara ayer, y que seguirá igual mañana. A veces necesitamos que nuestra vida se envuelva en una burbuja atemporal, alejada de los envites del cambio, que una y otra vez choca como las olas en el casco de nuestras emociones, nuestras vivencias.

Cuando me siento en mi roca de siempre, noto que algo ha cambiado, aunque no sabría decir el qué. Miro atento cada rincón de esta imagen ya grabada en mi corazón, hasta que por fin encuentro la nota discordante: un nido en la parte alta de la cabina del barco. Me acerco sigilosamente, por no perturbar a cualquier avecilla que pudiera estar incubando y cual es mi sorpresa al ver, en lugar de huevos, una llave.

Esto no tiene sentido. Miro alrededor por si resulta ser una broma de algún niño, pero la playa está desierta, como siempre. Es una llave peculiar, como hecha de piedra y me pregunto qué puede abrir algo así. La respuesta no se hace esperar. El nido de ramitas, musgo y hojas secas se aposenta sobre una caja de madera, parecida a un cofre, y la curiosidad puede más que mi sorpresa. Pruebo la llave, que encaja perfectamente. En su interior hay un papiro enrollado, atado con una cinta roja. Con dedos trémulos desentraño el contenido, reconociendo al instante la letra con la que está escrito...

"Cariño,
Cada mañana dejas mi lecho muy temprano para pasar las horas en tu playa particular, en tu mundo particular, allí donde por última vez tu sonrisa nos acompañó. Sé que estás aquí, puedo sentirlo, y aunque ya no pueda escuchar tu voz, tu memoria sigue viva en mi, cada roce de tus manos, cada mirada de ternura, cada risa, cada lágrima.

Te fuiste antes de que pudiera decirte que María está embarazada, que muy pronto seremos abuelos, y que cuando eso ocurra, vendremos a verte aquí, a tu playa, donde veíamos ponerse el sol, unidas nuestras manos. Lucho cada día por levantarme de la cama, pero se hace duro sin tu mano tendida, sin tus palabras de aliento. Sé que el mar cuida de tí, como siempre lo hizo, incluso ahora que ya no estás entre nosotros.

Te quiero mi amor, espérame, muy pronto estaremos juntos.
Laura"

El papel cae lentamente deslizándose entre mis dedos. Miro a mi alrededor, este lugar es el único que recuerdo, no hay más imágenes en mi memoria, excepto ahora la imagen de Laura, mi mujer. Ahora entiendo porqué no siento el tiempo pasar, porqué todo sigue igual. La playa sigue cambiando, pero yo ya no, por eso no soy capaz de verlo. Vivo en mi recuerdo, porque esa es mi idea del cielo: una playa tranquila, un barco encallado donde mi vida terminara, un mar que me trae murmullos de los vivos.

Te esperaré Laura... eternamente.

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