14 de abril de 2010

Cartas a un desconocido

Estimado Arturo,

No sé muy bien como empezar esta carta, me resulta algo extraño dirigirme a alguien a quien no conozco de nada, pero Alicia, mi enfermera, me ha dicho que me vendría bien, y he decidido intentarlo. Según ella eres un buen hombre, y no tengo razones para dudar de su palabra, siempre ha sido honesta conmigo, incluso en los momentos difíciles. No sé qué puedo ofrecerte desde esta cama de hospital excepto lo que fuí, porque lo que soy se ha visto drásticamente reducido a una existencia en la espera constante. La espera de los resultados del próximo análisis, la espera de un nuevo tratamiento, la espera de un donante, todo es esperar, pero aún me resisto a esperar a la muerte, es una cita que tengo pospuesta de momento.

Perdóname, llevo tanto tiempo postrada que he olvidado lo más mínimo en cuestiones sociales. Me presentaré: me llamo Raquel, y soy maestra, bueno, más bien era, ahora no tengo a quién enseñar. Mis días pasan entre libros y sueños, la medicación me induce a dormir más horas de las normales, y cuando estoy despierta mi mente divaga sin poder remediarlo. Tengo treinta y ocho años, dicen que estoy en la flor de la vida, pero mi flor está algo marchita, a pesar de los rayos de sol que entran por mi ventana. Mi afición favorita en estos momentos es viajar con las nubes. Imagino que voy montada en una de esas nubes de algodón y que veo mundo. Ayer, por ejemplo, estuve en África, y vi correr los ñus, las cebras y las girafas por las vastas extensiones de arena, salpicadas aquí y allá de verdes montículos, donde seguramente se ocultan los leones y las hienas, aunque no vi ninguno, será que en mi imaginación no caben.

Como ves, poco más puedo decirte, aunque espero que sea suficiente para que sientas que mi fugaz compañía vale la pena.

Un abrazo

Raquel

Querida Raquel,

Si me permites la familiaridad, te llamaré querida, porque tu carta me ha alegrado la mañana por inesperada y porque no tenía previsto un viaje a Africa tan temprano, pero fíjate que sin maleta me he visto correr entre esos animales que comentas. Eso me ha apartado por unos instantes de la novela que estoy leyendo, se titula "Veronika quiere morir" de Paulo Coelho, ¿la conoces? Se la he cogido prestada a mi compañero de cuarto, que se parece a ti, se pasa casi todo el tiempo durmiendo, yo en cambio me desvelo con esta medicación. A veces me gustaría perder el sentido, pero entonces no podría escuchar las risas que vienen del colegio que hay justo al lado del hospital. De vez en cuando también me llega alguna piedrecita, cuando consiguen tirar con suficiente fuerza para alcanzar un tercer piso, el otro día me pareció escuchar que el máximo conseguido era el quinto piso, y que sólo sucedió una vez, quizá viva lo suficiente para ver ese récord superado.

Yo no tengo posibilidad de trasplante, y tampoco tengo un diagnóstico claro. Es algo que los médicos llaman "células envejecidas", supongo que a falta de un término que suene más científico o grandilocuente (las enfermedades extrañas deberían recibir nombres grandilocuentes ¿no te parece?). Hace tiempo fuí jardinero, entre otros muchos oficios, pero éste lo recuerdo con cariño, porque había flores muy hermosas que se abrían durante un corto espacio de tiempo y después se marchitaban, pero aún así el recuerdo permanecía, porque era tal la expectativa que se creaba ante su apertura, que durante ese momentáneo lapso nos maravillaba hasta hacernos saltar las lágrimas. Al final todos somos como esas flores, Raquel, tenemos nuestro momento y después... después solo queda el recuerdo.

Me gustaría leer para ti un párrafo de esta novela, que creo que a ambos nos toca de lleno, y si te ves con ánimo de escribirme de nuevo, podemos seguir compartiéndola. Ahí va este trocito para abrir boca: "Veronika había decidido morir aquella bonita tarde de Ljubljana, con músicos bolivianos tocando en la plaza, con un joven pasando frente a su ventana, y estaba contenta con lo que sus ojos veían y sus oídos escuchaban. Pero aún estaba contenta de no tener que contemplar aquellas mismas cosas durante treinta , cuarenta o cincuenta años más, pues irían perdiendo toda su originalidad al estar inmersas en la tragedia de una vida donde todo se repite, y el día anterior es siempre igual al siguiente." Como puedes ver, querida Raquel, su razonamiento podría ser en cualquier instante el nuestro ¿me acompañas a descubrir qué le sucede a Veronika? Será un honor contar con tu compañía.

Otro abrazo para tí

Arturo

(continuará...)

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