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28 de diciembre de 2011

La bruja de la bola invisible, de Rafael R. Valcárcel

Nadie le daría trabajo con lo vieja que estaba, e indagar sobre si disponía de ahorros para montar un negocio en toda regla sería una falta de sensibilidad; por no decir un exceso de estupidez. Qué hacer cuando las carnes te exigen sobrevivir. ¿Pedir limosna? Buenos Aires ya no estaba para eso. Tendría que ganarse la vida haciendo algo de dudosa moralidad. Qué cosa. Qué podría hacer sin perjudicar a la gente. Optó por vender aire, como lo hacían miles de empresas, pero ella no sería una desalmada. Cobraría montos irrelevantes y el aire que daría a cambio no contendría un valor superfluo.

Empezaría a venderlo de inmediato porque, además, sabía que ningún pariente le iba a dar cobijo. No los tenía, ni hacia los lados ni hacia abajo. Hacia arriba, menos. Sandra realmente era vieja. 57 años olvidada en la cárcel por haber matado a su marido le impidieron procrear. Era él o ella. Los moratones acumulados en su cuerpo lo demostraban, pero en el juicio no valieron. El abogado contratado por su suegra era de los caros, de esos con influencias.
Desde el 12 de octubre de 2003, Sandra anduvo libre por las calles. ¡Vaya mentira! Sus carnes la arrinconaron más que nunca. En su estómago tenía aire, pero uno muy distinto del que estaba por vender. En la cárcel había aprendido algo de magia. Hacía desaparecer objetos pequeños, como cigarrillos y monedas. Con una esfera de cristal de cuatro centímetros de diámetro no tendría problemas.

Entre la basura, encontró cajas de un tamaño ideal para empaquetar, una y otra vez, su única esfera. Sólo le faltaban cintas de colores para, en el momento de la venta, atar la caja correspondiente y adornarla con un listón. Las consiguió enseguida.

Frente a una tienda de juguetes, interpretando el papel de una bruja buena de cuento, atraía la atención de los pequeños con un discurso dulce en el tono y seductor en las palabras: “Mira esta bola de cristal. Es ligera como el aire. Es mágica. Mágica para los que poseen el don. ¿Tú lo posees? No mires a tus padres, la respuesta sólo la puede saber uno mismo. Meteré esta bola especial en esta caja… así, ¿ves? Ahora, ataremos la caja con esta cinta para asegurarnos de que se mantenga cerrada hasta que llegues a tu casa. Si al abrirla descubres que la bola se ha desmaterializado (que ya no está), sabrás que posees el don. Pero la bola no habrá desaparecido, sólo habrá cambiado de lugar. Habitará dentro de ti para siempre y te será muy útil en tus sueños, porque con ella vencerás a cualquier monstruo y te ayudará a encontrar mundos llenos de personas y cosas bellas y alegres. Dormirás feliz”. Los padres, confiando en que la vieja los timase con una caja vacía, se la compraban por unas cuantas monedas.

Funcionaba.

El boca a boca hizo cada vez más conocida a la vieja de enfrente de la juguetería en Rivadavia, entre la avenida Otamendi y Campichuelo.

A Sandra Febres Queipo se le recuerda como “La bruja de la bola invisible”. Murió el 7 de enero de 2005. Ni bien pasaron dos meses, la juguetería —que no voy nombrar para no hacerle publicidad— lanzó un producto con la imagen ilustrada de su personaje y con el nombre con el que se le conocía. No lo vendieron como esperaban. En 2008 dejaron de producirlo. Pensaron que la magia de Sandra también era comercializable, pero pasaron por alto el truco de su éxito. Era la voz de ella, la convicción en su tono, lo que agudizaba en los niños el don de creer… de creer que en esa nada que encontraban en la caja fuese posible todo

Rafael R. Valcárcel

19 de octubre de 2010

El fin del mundo

Ella supo que algo no iba bien cuando vió ennegrecerse el cielo como la boca del diablo. Todos se apretujaron en la pequeña embarcación, dándose calor y ánimos, y alguien contaba viajes exitosos de personas a quien nadie conocía. Ella no había visto antes el mar, y cuando bajó del autobús frente al puerto de pescadores donde iba a embarcar, se sintió sobrecogida por la vasta extensión de agua, que parecía perderse en el fin del mundo. Y ahora esas aguas que parecían calmadas a su partida se enmarañaban debajo del casco obligándoles a mantener el equilibrio en posturas imposibles. Ni siquiera se dió cuenta de cómo cayó, sólo que sintió mucho frío, y que el aire apenas entraba en sus pulmones mientras su cuerpo se hundía. Bajo las fuertes corrientes, un grupo de delfines sostiene con sus aletas y morros a un anciano delfín herido, ayudándole a avanzar y a salir a la superficie para coger aire. Ella flota entre ellos, que con gran delicadeza la escoltan, su cuerpo inerte, hasta que alcanzan la playa más próxima. Ahora las aguas hacen el resto, y depositan el cuerpo de la muchacha y del delfín uno junto a otro, dos vidas que se entrelazan como eslabones, ella cuando iniciaba una nueva vida y él cuando daba fin a la suya.

6 de mayo de 2010

El amor es la respuesta, pero mientras usted la espera, el sexo le plantea unas cuantas preguntas

- Buenas noches y bienvenidos de nuevo a otra edición de "Verdad como la vida misma", el programa en el que, como dijo el sabio, sólo los limpios de corazón y de conciencia llegan hasta el final. Esta noche tenemos a dos contertulios muy populares, que han accedido a venir a este programa especial del día de San Valentín: son el sr. Amor y el sr. Sexo, ¿están preparados para el desafío?

- Por supuesto, Ramón, yo siempre estoy preparado, esa es la fama que tengo y es merecida. Yo diría que estoy presente en las mentes de todas las personas que nos están viendo, algo que no creo que pueda decir mi oponente.

- (Ligero carraspeo) Esa afirmación es muy cierta, yo no estoy en la mente de las personas, estoy en el corazón, que es donde prefiero estar. Algunas veces me piensan, pero no tengo la misma intensidad que cuando me sienten.

- (Risa irónica) En cambio yo gano en magnitud cuando me imaginan, de hecho mi mayor fuerza reside ahí, en que me recreen una y otra vez, en sus fantasías, y como bien sabes el ser humano no puede dejar de pensar, así que tengo más presencia que tú en sus vidas.

- (Sonrisa condescendiente) Entiendo que necesites sentir que eres importante, y quizá sea así en sus primeros estadíos, pero puedo asegurarte que a medida que pasan los años, están más dispuestos a sacrificarte a ti por encontrarme a mi.

- (Misma sonrisa condescendiente) ¿No será más bien que se conforman contigo cuando no pueden tenerme a mi? amar a alguien es mucho más sencillo que tener buen sexo, hace falta química, en cambio amar sólo precisa de la voluntad de hacerlo.

- (Pausa deliberada) Amar requiere voluntad, es verdad, y entrega, y generosidad, una apertura incondicional a la presencia del otro, a su sondeo, una puerta abierta a compartir ambos mundos hasta llegar a un sentimiento de plenitud ¿podrías decir lo mismo en tu caso?

- (Sonrisa de suficiencia) Conmigo pueden llegar al éxtasis, y en menos tiempo que contigo, y no hay nada más íntimo que compartir la piel, los cuerpos, la excitación, el placer mútuo...

- (Interrumpiendo) ¿y cuánto dura ese estado?

- (Ligeramente molesto) ... dura lo que tiene que durar, tampoco es cuestión de que esté presente constantemente una vez alcanzado el objetivo, tengo muchas mentes en las que mostrarme.

- (Ligero enarcamiento de cejas) Entiendo... entonces tu presencia, aunque sea constante es efímera. En cambio yo puedo estar presente todo el tiempo, y a través de mi la vida se vive con esperanza y alegría. Y no creo que el placer sea lo más íntimo que se pueda compartir.

- (Frunce el ceño) ¿Ah, no? Dos cuerpos desnudos no tienen nada que esconder.

- (Suave sonrisa) Dos almas desnudas sí que no tienen nada que esconder. En tu caso no contemplas el dolor, o el fracaso, te ciñes a un objetivo: el placer mútuo. En mi caso no importa si las cosas van bien o mal, estoy presente en ambos casos: se puede compartir el dolor, la impotencia, la tristeza, y también la alegría, la esperanza, las ilusiones.

- (Mirada intensa) ¿Y qué me dices de la pasión? Esa proviene de mi, incluso cuando tú la utilizas para otros fines.

- (Reflexionando pensativo) Podríamos decir que sí, que la pasión proviene de tu impulso, pero sublimado. Quizá el secreto estaría en aliarnos en lugar de intentar prevalecer sobre el otro ¿no te parece? Tu presencia podría acompañarse de largas sesiones de estrechos abrazos, de secretos susurrados al oído, de risas cómplices de dos almas que se encuentran para celebrar la vida ¿no sería eso también parte del placer?

- (Sorprendido) Bueno, visto así... quizá saldríamos los dos ganando, porque tú podrías acompañar tu presencia con excitación, con una vibración vital que active todo tu ser para dar lo mejor de ti mismo, para abandonarte a la sensación extática de una simple caricia de otra persona, a reconocer en tu cuerpo tu reino, tu forma de expresión en esta realidad material, una vía para que esos sentimientos tuyos puedan expresarse. Porque una cosa es que sientan amor, y otra muy diferente es poder expresarlo a otra persona, me necesitas a mi para eso.

- (Afirmando lentamente) Me parece un trato justo, y una alianza beneficiosa. Eso sí, debemos respetar la libertad individual a estar con uno, con el otro o con ambos.

- (Sonrisa ladina) Eso suena deliciosamente concupiscente, no puedo negarme a ello.

- Bueno, bueno, parece que al final lo que esperábamos que fuera una gran polémica se ha convertido en una coalición y que a partir de ahora podremos disfrutar de la compañía de estos extraordinarios líderes en nuestras vidas . Les agradecemos su presencia una noche más en este debate en el que todo se muestra de verdad, como "en la vida misma". Gracias y buenas noches

14 de abril de 2010

Cartas a un desconocido

Estimado Arturo,

No sé muy bien como empezar esta carta, me resulta algo extraño dirigirme a alguien a quien no conozco de nada, pero Alicia, mi enfermera, me ha dicho que me vendría bien, y he decidido intentarlo. Según ella eres un buen hombre, y no tengo razones para dudar de su palabra, siempre ha sido honesta conmigo, incluso en los momentos difíciles. No sé qué puedo ofrecerte desde esta cama de hospital excepto lo que fuí, porque lo que soy se ha visto drásticamente reducido a una existencia en la espera constante. La espera de los resultados del próximo análisis, la espera de un nuevo tratamiento, la espera de un donante, todo es esperar, pero aún me resisto a esperar a la muerte, es una cita que tengo pospuesta de momento.

Perdóname, llevo tanto tiempo postrada que he olvidado lo más mínimo en cuestiones sociales. Me presentaré: me llamo Raquel, y soy maestra, bueno, más bien era, ahora no tengo a quién enseñar. Mis días pasan entre libros y sueños, la medicación me induce a dormir más horas de las normales, y cuando estoy despierta mi mente divaga sin poder remediarlo. Tengo treinta y ocho años, dicen que estoy en la flor de la vida, pero mi flor está algo marchita, a pesar de los rayos de sol que entran por mi ventana. Mi afición favorita en estos momentos es viajar con las nubes. Imagino que voy montada en una de esas nubes de algodón y que veo mundo. Ayer, por ejemplo, estuve en África, y vi correr los ñus, las cebras y las girafas por las vastas extensiones de arena, salpicadas aquí y allá de verdes montículos, donde seguramente se ocultan los leones y las hienas, aunque no vi ninguno, será que en mi imaginación no caben.

Como ves, poco más puedo decirte, aunque espero que sea suficiente para que sientas que mi fugaz compañía vale la pena.

Un abrazo

Raquel

Querida Raquel,

Si me permites la familiaridad, te llamaré querida, porque tu carta me ha alegrado la mañana por inesperada y porque no tenía previsto un viaje a Africa tan temprano, pero fíjate que sin maleta me he visto correr entre esos animales que comentas. Eso me ha apartado por unos instantes de la novela que estoy leyendo, se titula "Veronika quiere morir" de Paulo Coelho, ¿la conoces? Se la he cogido prestada a mi compañero de cuarto, que se parece a ti, se pasa casi todo el tiempo durmiendo, yo en cambio me desvelo con esta medicación. A veces me gustaría perder el sentido, pero entonces no podría escuchar las risas que vienen del colegio que hay justo al lado del hospital. De vez en cuando también me llega alguna piedrecita, cuando consiguen tirar con suficiente fuerza para alcanzar un tercer piso, el otro día me pareció escuchar que el máximo conseguido era el quinto piso, y que sólo sucedió una vez, quizá viva lo suficiente para ver ese récord superado.

Yo no tengo posibilidad de trasplante, y tampoco tengo un diagnóstico claro. Es algo que los médicos llaman "células envejecidas", supongo que a falta de un término que suene más científico o grandilocuente (las enfermedades extrañas deberían recibir nombres grandilocuentes ¿no te parece?). Hace tiempo fuí jardinero, entre otros muchos oficios, pero éste lo recuerdo con cariño, porque había flores muy hermosas que se abrían durante un corto espacio de tiempo y después se marchitaban, pero aún así el recuerdo permanecía, porque era tal la expectativa que se creaba ante su apertura, que durante ese momentáneo lapso nos maravillaba hasta hacernos saltar las lágrimas. Al final todos somos como esas flores, Raquel, tenemos nuestro momento y después... después solo queda el recuerdo.

Me gustaría leer para ti un párrafo de esta novela, que creo que a ambos nos toca de lleno, y si te ves con ánimo de escribirme de nuevo, podemos seguir compartiéndola. Ahí va este trocito para abrir boca: "Veronika había decidido morir aquella bonita tarde de Ljubljana, con músicos bolivianos tocando en la plaza, con un joven pasando frente a su ventana, y estaba contenta con lo que sus ojos veían y sus oídos escuchaban. Pero aún estaba contenta de no tener que contemplar aquellas mismas cosas durante treinta , cuarenta o cincuenta años más, pues irían perdiendo toda su originalidad al estar inmersas en la tragedia de una vida donde todo se repite, y el día anterior es siempre igual al siguiente." Como puedes ver, querida Raquel, su razonamiento podría ser en cualquier instante el nuestro ¿me acompañas a descubrir qué le sucede a Veronika? Será un honor contar con tu compañía.

Otro abrazo para tí

Arturo

(continuará...)

23 de marzo de 2010

El caserón


- !Soooooooooooooooooo! - Tirando fuertemente de las riendas consiguió el cochero detener a los nerviosos caballos que relinchaban y piafaban, sus ojos desorbitados y alertas. El viento aullaba entre las copas de los árboles, enviando mensajes poco halagüeños en esa noche cerrada. - !Venga, bájense ya! - Los caballos intentaban escapar de allí cuanto antes y eso dificultaba el que los ocupantes del carruaje pudieran descender con seguridad. La portezuela estaba abierta y golpeaba sin cesar en el costado. Al final decidieron saltar, mientras el cochero soltaba las cinchas que sujetaban su equipaje a la parte trasera. - !A buena hora les dije que les traería hasta aquí! Recen todo lo que sepan, porque lo van a necesitar - Y sin más despedida retomó las riendas y se alejó a toda velocidad, dejando a los dos jóvenes a merced de los elementos.

Un tirador hacía las veces de llamador, y después de golpear sonoramente varias veces, una luz apareció en la ventana superior, y una vaga sombra se asomó por el quicio de una ventana entreabierta.

- ¿Quién vive? ¿Quién anda por ahí? - Una voz trémula, femenina, gastada ya por los años respondió a la llamada.

- Somos nosotros abuela, déjanos entrar. - Cogiendo las bolsas de ambos, Jaime empujó la puerta que cedió ante su fuerza. Dentro se podía oler el rico estofado de liebre que era la especialidad de Matilde, la anciana que les acogió con sonoros besos a cada uno.

- ¿Pero porqué no avisasteis de qué veníais? Hubiera parado todo el montaje del bosque lúgubre.- La mujer acarició con ternura las mejillas de su nieto mayor, que le sonrió con devoción.

- ¿Y perdernos ese efecto que has logrado con el viento? - Jaime rió a carcajadas - Si hubieras visto la cara de pánico del cochero cuando han empezado los aullidos... Por Aysha te prometo que cada vez es mejor el montaje. Seguro que nadie se acerca por aquí.

La anciana se acercó a la chimenea, y del puchero al fuego extrajo dos generosas raciones que les sirvió en platos de plata. Eran sus nietos mayores, su orgullo, los últimos de una casta extraordinaria.

16 de marzo de 2010

Sin rostro (1)

- Vamos Gloria, que siempre estás en las nubes, ya no sé que hacer para llamar tu atención.

Es una buena amiga, tiene paciencia conmigo, pero no quiero que sepa que soy diferente. Así que asiento y me disculpo. Es más fácil así. Prefiero pasar por despistada, olvidadiza, soñadora, tímida, antes que contarle a nadie lo que realmente me sucede. Después de muchos años he desarrollado ciertas estrategias que me ayudan, y aún así siempre hay alguien descontento.

- Esta noche no tienes excusa, he organizado esta cena para que conozcas a algunos amigos de Juan, "todos solteros". No se va a notar, porque también he invitado a una pareja de chicas, conocidas de Carlos, que se "entienden", tú ya me entiendes... jajaja, "entienden"-entiendes... ¿lo has pillado?

He dicho que es una buena amiga, no que tenga muchas luces.... Por supuesto le agradezco el esfuerzo que está haciendo por encontrarme novio. "Es que ya te toca, guapa, que a este paso voy a tener que organizar una rifa para que alguien te compre".... tampoco he dicho que fuera muy diplomática, pero a mi me vale, al menos sé lo que piensa en cada momento, algo muy importante para mi.

Llegamos a mi casa, y nos vamos directas a mi armario. Por suerte Maica es de las que habla continuamente, y por su tono de voz puedo conocer otros matices que tendría que poder ver en su cara.
- !Por Dios Bendito! pero.. ¿de dónde has sacado estos trapos? !Ni que hubieras asaltado una ONG!
- Elige lo que quieras, yo me lo pondré y ya está.

Cuando me miro al espejo no me reconozco a mi misma... en realidad no sé como soy, así que no sé si soy guapa o fea. Tampoco sé como son los demás, así que tampoco es tan importante. A veces consigo captar lo que creo que es un ojo, o los labios, pero poco más, y de poco sirve, al menos para saber con quien estoy hablando.

Mi estrategia para ello es adelantarme y saludar a quien sea que note que me está mirando. Es curioso como se desarrollan los demás sentidos, y hay una sensación extraña en mi estómago cuando alguien me mira. Y si me equivoco de persona siempre está esa coletilla tan útil: "vaya, pues te he confundido con otra persona que se parece mucho a ti"... si supieran lo irónico de esa respuesta....

Después de probarme varias combinaciones de prendas, Maica se queda satisfecha con un vestido corto de un tono tierra, y unos zapatos de tacón que apenas uso. Las cenas y reuniones sociales son mi particular pesadilla, estoy más cómoda en pequeños grupos, pero es la forma de poder conocer gente nueva.... algo que odio cordialmente. Si no fuera por amistades bienintencionadas como Maica, no saldría jamás de mi casa. Por suerte, he conseguido trabajar desde mi portátil, aposentada en el sofá gastado y cómodamente instalada con mis pantuflas y mi mantita,  y el correo, el chat y el messenger son mis grandes aliados. A mi me da igual que mis amistades no tengan webcam, a no ser que se muestren de cuerpo entero, petición que levantaría muchas sospechas.

De nuevo he caído en la trampa, una de tantas de las que Maica me prepara a menudo. Esta supuesta reunión de amigos se ha convertido, sin saber muy bien cómo, en una fiesta, en la que a primera "vista" no conozco a nadie. Si fuera así, respiraría tranquila, con saludar a todo el mundo podría respirar tranquila. El problema empieza cuando hay alguien a quien se supone que conozco. Por eso tengo fama de retraída y tímida, porque tengo que esperar a que se aproximen a mi y me digan algo para poder reconocerles.

- Gloria, cariño....- cuando Maica me llama "cariño", la temo. - Te presento a Miguel, un compañero de Juan ¿no te he hablado de él? Creo que hareis buenas migas, también es aficionado a la lectura, como tú...!bueno, aficionado es poco! Tiene la casa repleta de libros, ¿no, Miguel?¿eres coleccionista o algo así?

El pobre Miguel acaba de ser atrapado en la red casamentera de la Reina Araña Maica, porque si ella considera que es adecuado para mi, no parará hasta conseguir que tengamos una cita. Carraspea levemente.

- Yo no diría tanto, aunque es verdad que me gustan mucho los libros y la lectura, especialmente la literatura de la Edad Media. Por cierto, Maica, ¿conoces a Fernando de Rojas? tengo un ejemplar profusamente ilustrado de la Celestina, de finales del siglo XV, que estoy seguro de que te encantaría.

No puedo evitar reirme a carcajadas ante esta indirecta sutil, y aunque ahora mismo daría un riñón por poder ver la cara de "no sé de qué narices me hablas" de Maica, me conformo con sus torpes balbuceos.

- Bueno, ya veo que sois tal para cual, os dejo solos para que charleis. - Hacía mucho tiempo que nadie descolocaba a la perfecta Maica, y sólo por eso este encuentro resultaba prometedor.

(continuará)

5 de marzo de 2010

La barca

(Imagen cedida por José Luís - Uris)

No sé qué día es hoy, supongo que uno más que ayer. Mis pasos me llevan de nuevo a la orilla donde el viejo barco ve pasar los días, encallado en la arena, dejando que la herrumbre se adueñe de todos sus rincones. Está tan encallado como mi vida, presa ya de la inmovilidad de las algas de la edad, y el moho del tedio.

Aquí paso muchas horas, quizá con la esperanza de que en cualquier momento suba la marea y mi vida se mueva, que pueda partir mi alma a otros puertos. Estoy cansado, mis piernas flaquean ya pero no mi ánimo, que sigue vivo.

Al menos sé que cuando llegue a mi rincón todo estará como siempre, las mismas cuerdas, las mismas barcas, el mismo ángulo de inclinación... una vez lo medí, eran exactamente 38 grados. Es de esas curiosidades que no sirven para nada pero que se vuelven imprescindibles una vez que la idea cruza por tu mente.

Encuentro cierta tranquilidad en saber que el paisaje permanece tal como lo dejara ayer, y que seguirá igual mañana. A veces necesitamos que nuestra vida se envuelva en una burbuja atemporal, alejada de los envites del cambio, que una y otra vez choca como las olas en el casco de nuestras emociones, nuestras vivencias.

Cuando me siento en mi roca de siempre, noto que algo ha cambiado, aunque no sabría decir el qué. Miro atento cada rincón de esta imagen ya grabada en mi corazón, hasta que por fin encuentro la nota discordante: un nido en la parte alta de la cabina del barco. Me acerco sigilosamente, por no perturbar a cualquier avecilla que pudiera estar incubando y cual es mi sorpresa al ver, en lugar de huevos, una llave.

Esto no tiene sentido. Miro alrededor por si resulta ser una broma de algún niño, pero la playa está desierta, como siempre. Es una llave peculiar, como hecha de piedra y me pregunto qué puede abrir algo así. La respuesta no se hace esperar. El nido de ramitas, musgo y hojas secas se aposenta sobre una caja de madera, parecida a un cofre, y la curiosidad puede más que mi sorpresa. Pruebo la llave, que encaja perfectamente. En su interior hay un papiro enrollado, atado con una cinta roja. Con dedos trémulos desentraño el contenido, reconociendo al instante la letra con la que está escrito...

"Cariño,
Cada mañana dejas mi lecho muy temprano para pasar las horas en tu playa particular, en tu mundo particular, allí donde por última vez tu sonrisa nos acompañó. Sé que estás aquí, puedo sentirlo, y aunque ya no pueda escuchar tu voz, tu memoria sigue viva en mi, cada roce de tus manos, cada mirada de ternura, cada risa, cada lágrima.

Te fuiste antes de que pudiera decirte que María está embarazada, que muy pronto seremos abuelos, y que cuando eso ocurra, vendremos a verte aquí, a tu playa, donde veíamos ponerse el sol, unidas nuestras manos. Lucho cada día por levantarme de la cama, pero se hace duro sin tu mano tendida, sin tus palabras de aliento. Sé que el mar cuida de tí, como siempre lo hizo, incluso ahora que ya no estás entre nosotros.

Te quiero mi amor, espérame, muy pronto estaremos juntos.
Laura"

El papel cae lentamente deslizándose entre mis dedos. Miro a mi alrededor, este lugar es el único que recuerdo, no hay más imágenes en mi memoria, excepto ahora la imagen de Laura, mi mujer. Ahora entiendo porqué no siento el tiempo pasar, porqué todo sigue igual. La playa sigue cambiando, pero yo ya no, por eso no soy capaz de verlo. Vivo en mi recuerdo, porque esa es mi idea del cielo: una playa tranquila, un barco encallado donde mi vida terminara, un mar que me trae murmullos de los vivos.

Te esperaré Laura... eternamente.

27 de febrero de 2010

Las horas que se dejan ya de usar, por gastadas

Yo diría que lo puse aquí, en el apartado de "Momentos intensos", pero quizá me equivoque porque no lo encuentro. ¿Y cómo se supone que voy a recordarlo si no lo encuentro? Esto me desespera, quizá si uso el mismo sistema que Paquita me sea más fácil. Ella los agrupa por orden alfabético, pero a mi eso me plantea una duda ¿los guardo a nombre de quién?¿o es mejor de dónde?

Creo que en el fondo no es bueno ser tan meticulosa, hay gente que simplemente los guarda donde caen, y si no vuelven a recuperarlos nunca pues tampoco les resulta un drama. Pero para mi sí, y todo porque al nacer señalaron en mi hoja de ruta una casilla que aparece en letra pequeña en los contratos de los demás. Mi madre era aún más concienzuda que yo y decidió que podría serme útil esa capacidad, y la eligió para mi. Ahora no sé si es una bendición o una maldición tener esa facilidad, pero ahí está, e intento sacarle el máximo provecho.

Y es que, cuando la mayoría solo vive cada momento una sola vez, yo puedo vivirlos más de una vez, hasta que, gastados por el uso, se deshilachan en el vacío de la nada. Sólo quedan entonces los recuerdos vividos, pero claro... mi archivo de recuerdos es mucho mayor que el de la mayoría, porque puedo guardar cada instante y revivirlo de diversas formas, eligiendo además a partir de cual quiero seguir viviendo mi vida.

Puede parecer, a priori, una ventaja el poder revivir cada momento y elegir con cual me quedo, pero conlleva un grado elevado de estrés, porque si vivir un momento y tomar una decisión sobre qué es lo más adecuado para mi ya es de por si difícil, imaginad tomar la decisión entre tanta diversidad.

Hay veces que por desidia ya elijo simplemente la primera versión, por lo de que si ha surgido por algo será, y es que hay momentos en los que parezco una musaraña, frenética de actividad mental, además de emocional, porque... no es una cuestión de revivir sabiendo lo que va a suceder, no, es que cada vez es como una tirada a los dados, sin tener la menor idea de cual va a ser el desenlace. Un constante ensayo y error del que francamente me siento ya agotada.

Si alguien me preguntara... no, no quiero la reencarnación, porque yo ya estoy viviendo todas mis vidas en una sola, y no sé si sería capaz de volver a nacer sabiendo lo que ahora sé: que en realidad vivimos todas las versiones posibles de nuestras experiencias, que tomamos constantemente decisiones sobre ellas sin saberlo, y que pasado y futuro son cuentos que contamos a los niños cuando nacen, para que le encuentren algo de sentido a este mundo de combinaciones posibles.

(Intromisión al relato de Abril)

12 de febrero de 2010

Ella... y yo

Lleva un rato siguiéndome, la veo por el rabillo del ojo cuando me detengo delante de un escaparate. Intenta esconderse de mi, asomándose tímidamente cuando cree que no la miro. Caminamos parte del camino juntas, siempre unos pasos por detrás, es lo que le han enseñado, a no molestar, a pasar desapercibida, pero es difícil que lo haga. Su presencia se hace notar aunque solo sea por las cicatrices de su rostro, señales de decisiones tomadas en el pasado, algunas de ellas muy difíciles, algunas de ellas insoportables. Finalmente me detengo, me crispa los nervios que se mantenga a esa distancia, cuando en otro tiempo fuímos tan próximas.

- Vamos, sabes que te he visto desde que salimos de casa, deja ya de jugar a las escondidas y ven a mi lado.

Ella niega con la cabeza, mirando al suelo. Le tiendo la mano, sé que no dará ni un paso sin mi ayuda, siempre ha sido así.

- No temas, nadie puede verte ni criticarte, y eso también lo sabes.

Una sonrisa traviesa traiciona su aparente inocencia. Lo sabe, no hay nada que ella no sepa. Es lo que tiene dejar de existir, que se llega a la comprensión de las cosas sólo por ser. Esta vez su mirada es clara y limpia, me mira de frente, con un brillo de orgullo. Así la recuerdo desde siempre, aunque no siempre fué así. Cuando las miradas burlonas y los comentarios sarcásticos dañaban su frágil sensibilidad, cuando no comprendía por qué complacer a la maestra le ganaba el desprecio de sus compañeros, cuando se esforzaba por esconder quien era, siempre dudando entre crecer o disminuir a los ojos de la gente. Pero como los árboles, una vez que has crecido sólo la enfermedad, o la falta de alimento puede hacerte disminuir, encanijarte de nuevo. Le tiendo la mano, esta vez insistente.

- Vamos, serás bien recibida allá donde voy, no dejas de ser una parte de mi...

Su sonrisa se torna grácil, y el reflejo de mi rostro en la niña adolescente que una vez fuí me devuelve aún destellos de una inocencia interrumpida, cuando te obligan las circunstancias a crecer antes de tiempo. Siempre ha estado ahí, desde que me convertí en una mujer adulta, madura dirían ahora, llevando la carga que la pubertad acarrea, necesaria para llegar a conocerme, para convertir esas cicatrices en piedrecitas blancas que me recuerdan de dónde venía.

Ahora ya puedo mezclarme entre los demás árboles, mecerme al viento de la torpeza, doblegándome ante el error sin romperme. Mi corteza tiene el grosor de lo aprendido, y la flexibilidad de lo olvidado, y formar parte de este bosque de humanidad me fortalece... pero no hubiera llegado hasta aquí sin ella. Finalmente se acerca, y sin pudor ninguno la estrecho contra mi pecho, y en ese momento ella se funde conmigo, porque después de todo, sigue siendo yo misma.

11 de febrero de 2010

La Umamba

La entrada a la gruta era lúgubre y húmeda, en contraste con el verdor del bosque y los reconfortantes rayos de sol que se filtraban a través de las hojas de los árboles. Se detuvo unos instantes, dudando aún sobre su decisión de venir. "sólo si realmente quieres saber la verdad, Felicia, recuerda que después no hay vuelta atrás", le había dicho su madre. Para ella no había vuelta atrás, demasiado tiempo había aceptado con resignación su situación, y ahora que por fin era considerada una mujer adulta, había llegado el momento de saber.

Muchas cosas se decían sobre la mujer del bosque, sobre lo que era capaz de hacer con sus poderes, y se le atribuían fenómenos como reducir a un homber al tamaño de un enano, el poder de influir sobre la lluvia y el viento, incluso se decía que con sólo mirarte podía arrancarte la vida. Estaba asustada, es cierto, pero era su única posibilidad para salir de sus dudas, para desentrañar esos recuerdos vagos y efímeros que la asaltaban en sueños. Tragó saliva y permaneció en la entrada hasta que se aclimató a la oscuridad. Al fondo le pareció ver un luz, titilante y difusa, y con pasos vacilantes fué en su busca, las manos apoyadas en las paredes a modo de guía, chocando con algunos salientes de roca que le arrancaban exclamaciones de dolor. Junto a una fogata crepitante se encontraba la Umamba, como la llamaban los lugareños, una anciana sentada sobre un colchón de hojas secas y paja, una figura diminuta que aún lo parecía más al estar encorvada sobre un tapiz que tejía con manos huesudas y hábiles.

- Siéntate, no te quedes ahí de pie. - La anciana palmeó el suelo a su lado, sin mirarla. Felicia se sentó, dejando un buen espacio entre ellas.

- Yo... he venido por.... - no estaba preparada para el brillo profundo de aquella mirada, y mucho menos para la calidez que desprendía. No era ni mucho menos la figura atemorizante que le habían hecho creer.

- Sé a lo que has venido. Toma estas tijeras y corta un mechón largo de tu pelo. - Su voz no resultaba autoritaria, sino hipnótica, y la obedeció sin pensarlo, dejando el mechón en el suelo, cerca de la anciana. Con delicadeza, la Umamba tomó la guedeja y la tejió con un nudo de macramé al resto del tapiz. Felicia se moría de curiosidad por saber qué significaba todo aquello, y de nuevo sus pensamientos fueron transparentes para la Umamba.

- Fíjate en este entramado... - Felicia se acercó para observar detenidamente el entretejido de lana, y se dió cuenta de que había otros mechones de cabello anudados, pero estaban tan perfectamente imbricados en el tapiz que era casi imposible diferenciarlos.- Desde este momento tu destino está elegido. - La anciana fijó su mirada en Felicia, que empezaba a sentirse algo aturdida.

- ¿Elegido?... no entiendo... - sus palabras fueron apenas un balbuceo - yo sólo quería saber... de donde vengo... - un profundo sopor se adueñó de ella y no pudo evitar cerrar los ojos, y exhalar un profundo suspiro... el último suspiro.

- Eso ya no importa, pequeña, - murmuró la anciana mientras observaba el espíritu de la joven salir de su inerte cuerpo y centellear entre los hilos plateados de aquel tapiz vital, - ahora ya formas parte de los tuyos. - Y al cerrar los ojos pudo ver a Felicia siendo recibida por todos aquellos que la habían precedido, que como ella provenían de una tierra muy lejana, y que habían encontrado refugio en aquel extraño y mágico tapiz, y una fiel cuidadora y guardiana en la Umamba.

3 de enero de 2010

La baliza


Había llegado el día, podía sentirlo en la anticipación que se adueñaba de todo su ser. Siempre empezaba de esa forma, una oleada de certidumbre y esperanza que la invadía hasta desbordarse en ternuras, dejando a su corazón anhelante de nuevas sensaciones. Había llegado el momento de lanzar de nuevo su baliza. Hasta entonces el miedo al dolor, a una nueva pérdida, la había hecho replegarse en sus silencios, en su soledad, protegiendo lo más sagrado de si misma: su intimidad. Nadie tenía permiso para franquear esos muros y así, pasaban de largo aquellos seres que la observaban, a la espera de su despertar.

Pero al fin el dolor amainaba, como lo hacen las tormentas, y a pesar de algunos mástiles rotos, de alguna vela desgajada, el navío podía seguir navegando, rumbo a las cálidas costas del amor. Con cuidadoso detalle dibujó en su baliza trazos que condujeran hacia ella a quien fuera capaz de descifrar sus enigmas. Con los años los trazos eran más y más complejos, la trama más difícil de desentrañar, y las posibilidades de encontrar a alguien capaz de comprenderlos disminuía, pero a cambio, la exquisitez de las presencias que se acercaban a estudiar su baliza cubrían con creces la merma de oportunidades. El paladar se vuelve exigente con los años, cuando la saciedad del exceso impone su criterio, y con el tiempo aprendemos a discernir qué es lo que realmente queremos, y qué es lo que nos llena y satisface.

Algún curioso parecía acercarse a su baliza. Sus trazos dorados sobre fondo arcilloso llamaban la atención, la elegancia de su diseño y lo intrincado de su esbozo atraían a almas inquietas y curiosas, ávidas de profundidad y contenido, hastiadas de las balizas multicolores al final vacuas e insustanciales. Alguno incluso se permitía rozar sus relieves y sentir el hormigueo y la calidez que tal contacto prodigaba, adueñándose de él el ardor de la codicia por envolverse más aún en esa tibieza obsequiosa. Ella podía sentir esos roces en las lindes de su corazón, el cosquilleo de la aproximación curiosa y se preguntaba si habría alguien suficientemente arriesgado para penetrar en las capas profundas de su baliza. Sabía que debía ser alguien osado, temerario, porque el abismal relieve de su mundo interior podía amedrentar al más aguerrido de los exploradores.

Pero no iba a permitirse desfallecer, porque esta vez estaba dispuesta a no sucumbir a la comodidad de la imitación, a la seguridad de la complacencia sin límites. No era necesario para su corazón bondadoso volcar todo su contenido en un pozo sin fondo. Estaba convencida de que podría encontrar otro corazón pleno, que buscara compartirse en los deleites de sus emociones. Y fue entonces cuando apareció.

Engalanado de prestancia se acercó a su baliza. Ella contuvo el aliento al entrever la gallardía de su porte, preguntándose si resultaría atrayente el diseño de su baliza para alguien de su apostura. No tuvo que esperar mucho para notar los primeros roces en sus relieves más expuestos, recorriéndola un cosquilleo ansioso y esperanzado. Su toque era refinado y delicado, como las olas de un suave mar en calma que se acercan a la orilla de la playa a besar las dunas de la arena. Durante días esas caricias en los resaltos de su ser la enaltecieron de deseo por conocer a quien, con tal afecto, revivía las mortecinas ascuas de su feminidad. Poco a poco esas ternezas iban alcanzando el borde de la sima y ella contuvo el aliento, inquieta por averiguar si el arrojo del aventurero se vería sobrepasado por la magnitud de la hazaña a la que se enfrentaba. Para su inmenso regocijo, este avezado y experimentado viajero, conocedor de mil y una balizas, buscaba un lugar que le proporcionara el solaz de la comprensión, la ternura de la bienvenida, el alivio a sus cansados pies, que llenara sus tristes soledades de risas y que potenciara sus más secretas inquietudes creativas. Y lo que para otros pareciera un barranco de peligrosa inclinación y sin fondo, él podía divisar un valle próspero y fértil, surcado por las aguas sinuosas de un arroyo cantarín y alegre, lleno de vida, que proporcionaba calma al sediento, y alimento al que en sus lindes se estableciera.

Y es que no importa cuan escondido esté ese mundo interior, si dejamos piedrecitas blancas en el camino y algunas viandas para los viajeros osados, la curiosidad les impulsará a seguir andando. Pero si al final del camino no hay un valle verde, de campos sembrados prestos para la cosecha, donde luzca el sol incluso entre los nubarrones de tormenta, donde al final del día un arco iris surque el cielo despejado, nadie en su sano juicio se aventuraría a construir su hogar en un páramo yermo donde, con total seguridad, perezca de inanición.

El último autobús


Es cierto que viviendo en un pequeño pueblo una se pierde muchas cosas, sólo por el hecho de no disponer de vehículo propio. Cuando tus amigos quedan para ir a ver un espectáculo todo depende del horario para ti, debe terminar a tiempo de coger el último autobús o quedarte a dormir en casa de alguien, pero con el tiempo hasta eso resulta un engorro, para ti misma porque tienes que ir con tu mochila a cuestas y alternando a quién pedírselo para no resultar pesada, y para ellos, que no siempre tienen el tiempo, el espacio o el humor para tenerte en su casa (más que no apetecerles tu compañía, lo que no les apetece es tener que limpiar para tener la casa presentable. A veces me pregunto donde han quedado esos amigos capaces de convivir con el polvo sobre las estanterías, los restos de pizza de la noche anterior y la ropa adornando las estanterías).

La sensación de estarme perdiendo gran parte de la diversión me acompaña mientras me acomodo en el asiento delantero del autobús, el mismo de siempre, en el último autobús de la 1:35 de la madrugada. No es justo que tenga que irme antes de que termine el baile y comprendo perfectamente la sensación de frustración de Cenicienta al sonar las doce campanadas. En algunos casos los dichosos cuentecitos resultan hasta útiles, y no puedo evitar desear que, como en el cuento, aparezca un príncipe azul que me rescate en su hermoso descapotable y me lleve a la fiesta de nuevo. Está bien, no hace falta que sea un descapotable….podría ser incluso una vespino…o incluso podría ser un autobús, éste autobús.

La semana pasada Miguel, el conductor habitual, me comentó que había pedido el cambio de turno, que ese le venía fatal porque nunca llegada a coincidir con su mujer, que se levantaba muy temprano para ir a trabajar, y que sus horarios estaban tan descompensados que apenas coincidían. Me apenó el saber que no volvería a verle, porque gracias a nuestras conversaciones la hora de trayecto se convertía en apenas unos minutos. Me gusta conversar, conocer a las personas con las que coincido habitualmente. Hasta que apareció él….ahí dejé de conversar para pasar a soñar despierta.

No estaba preparada para subir ese Viernes al autobús y que me recibieran esos preciosos ojos verdosos y esa linda sonrisa. Creo que perdí unos cuantos latidos de mi corazón que han sido imposibles de recuperar…¿acortará eso la vida?...porque si es así, la mía está hipotecada desde ese día, condenada a perder latidos de vida mientras espero en la parada, rogando que una noche más sea él el conductor del último autobús.

Tengo siempre mucho cuidado de ser la primera en subir, no me importa lo que tenga que hacer o lo que tenga que esperar para serlo, quiero ser la primera en desearle las buenas noches con mi mejor sonrisa, y en darle el dinero que tengo cumplidamente preparado para pagarle el billete….Sí, lo sé, es mas económico comprar el abono de diez viajes, pero eso implicaría pasar de largo en dirección a la maquina canceladora, y me privaría de mi pequeño juego. Vereis…conozco el límite hasta el que puedo darle para que me devuelva cambio, así que voy variando la cantidad para que no se note que lo que pretendo es dejar las monedas en su mano y que me devuelva el resto en las mías. Eso no es posible, pensareis, porque siempre las dejan en esa especie de bandejita que tienen al lado de la máquina expendedora de billetes, pero…¿qué ocurre cuando colocas el bolso encima para buscar el monedero? Muy sencillo…que tiene que extender la mano para recibir el dinero. Intento ser discreta y que no se note que con las yemas de mis dedos acaricio su palma al dejar las monedas, sutilmente, tengo el gesto muy ensayado para que parezca algo natural, y además, ese juego me permite el tiempo suficiente para intercambiar algunas palabras más como…¿qué tal ha ido la noche?, o, hoy pareces un poco más cansado…pero es muy reservado, tan reservado como guapo, y ese intercambio de palabras se termina pronto.

Y entonces empieza el intercambio de miradas, al controlar los retrovisores laterales, al saludar al resto de pasajeros mientras van subiendo, al comprobar que están todos sentados…No os podeis imaginar cuanto da de si el ángulo de visión, dicen que podemos ver hasta 180º con la visión periférica, pero yo creo que cuando te gusta alguien los sentidos se acentúan y se aumenta esa capacidad hasta los 210º, porque eres capaz de captar cada leve gesto que realiza, como si tuvieras ojos en las orejas, esperando que sea el que te permita establecer contacto con él.

Por supuesto la vista no es el único sentido que se acentúa, el olfato se convierte en un aliado para alterar todo tu sistema hormonal y emocional…debería estar prohibido oler tan bien cuando uno está trabajando, porque dan ganas de colocarse detrás de él y olfatearle durante todo el trayecto, esnifando esa fragancia como si se tratará de los vapores de alguna droga…de hecho, apostaría que una parte de mi lo hace.

Hay otra parte de mi que no se conforma con la corta distancia que nos separa, y que se coloca de forma invisible a su lado, jugueteando con ese cabello oscuro ensortijado, dejando deslizar los dedos con lentitud como si desenredaran una madeja de lana. Incluso puedo llegar a sentir el tacto algo aceitoso de esa gomina que usa…me pregunto como debe ser su pelo recién lavado…no debería haber pensado eso…ahora me pregunto como debe verse su cuerpo al resbalarse las gotas de agua y espuma hasta esos rincones en los que me gustaría perderme..noto que me sonrojo, pero no creo que él sea consciente de eso, ni de los pensamientos que tengo sobre él…¿o si?...durante las últimas noches me ha parecido que me miraba de reojo, y supongo que la llegada de la primavera y de mis blusas escotadas de Bershka no habrán tenido nada que ver…bueno, él empezó primero al cambiar las camisas de manga larga por unas de manga corta, y mostrarme esos musculosos bíceps, tríceps y demás, que me transtornan el sentido. La primera noche que vino con manga corta tuve la fuerte tentación de deslizar mi mano por su brazo después de pagarle, hasta poder acariciar ese montón de carne bien formada, pero él retiró la mano enseguida, y todo se quedó en un estallido de excitación en mi abdomen que me duró más allá de la llegada a mi parada.

Pero esta noche está siendo inusual, he sido la única en subirme al autobús, cosa extraña un Viernes por la noche, y estamos él y yo solos, ya que no hay paradas previstas hasta el pueblo anterior al mío, es un autobús directo. El trayecto por la carretera se me hace inusitadamente largo, porque en cada curva que damos me imagino más cerca de él y el tiempo parece detenerse unos instantes. Puede que él también encuentre extraña esta situación, porque ha encendido la radio, cosa que nunca hace. Suena una melodía romántica tras otra…¿es que hay cadenas especializadas en esa clase de música? supongo que las habrá, pero están consiguiendo atormentarme con sus mensajes de amores eternos, de caricias sin final, de besos apasionados…y me pregunto porqué no cambiará de emisora y seleccionará una de esas en las que las canciones son imposibles de entender y que como mucho te dan ganas de levantarte y ponerte a bailar…no como ahora que me dan ganas de levantarme y sentarme en sus rodillas para besarle hasta que nos estrellemos, porque hay momentos en los que no te importa morir, porque vale la pena….pero un momento….¿porqué se está deteniendo el autobús? Miro al exterior a través de la ventanilla, y estamos en medio del campo, aquí no hay una parada habitual.

-¿Qué ocurre? – me atrevo a preguntarle, algo nerviosa.

- Es la puerta de atrás, no cierra bien y no puedo continuar hasta que se arregle, son las normas. – Me mira con formalidad, y asiento de una forma boba como si comprendiera la absurdidad de esa norma…podría entenderla si hubieran más pasajeros, pero estamos solos y yo voy sentada en la parte delantera, es imposible que pueda caerme del autobús… - Si me ayudas no tendremos que esperar a que venga un autobús de repuesto. – De repente me debato entre ayudarle y estar cerca de él, o no ayudarle para poder estar más tiempo juntos, pero entonces, ¿qué pensaría de mi si no le ayudo? Mis últimas dudas se disipan en cuanto se levanta de su asiento…no me había fijado en lo alto que es ni en el buen tipo que tiene, parece que vistos lateralmente esos pectorales pierden la fuerza que me transmiten ahora al verle de frente…¿se habrá dado cuenta de que me he quedado sin aliento? Espero que no….Como un caballero de los que ya no quedan me indica que pase primero en dirección a la puerta de atrás, y me levanto como si un resorte me impulsara desde mis zonas más íntimas.

- ¿Y en que puedo ayudarte yo? Te advierto que la mecánica no es mi fuerte…- Me sonríe… por Dios, me ha sonreído y se le han formado esos hoyuelos increíblemente atractivos en las mejillas.

- No te preocupes, sólo tienes que sostener la tapa mientras trasteo con los circuitos, seguro que alguno de ellos está flojo, y no tengo suficientes manos para hacerlo todo yo solo. – No,…de eso soy consciente, de que no tienes suficientes manos para todas las cosas que me gustaría que me hicieras, y ninguna de ellas relacionadas con tornillos ni cadenas…bueno, quizá con cadenas de seda….Levanta la tapa usando esa llave especial que tienen y coge mi mano para llevarla al punto exacto en el que tengo que sujetarla. - ¿Crees que esto podrás hacerlo? – Esto sí, pienso…seguir respirando y que mis latidos no atraviesen mi pecho…de eso no estoy tan segura.

- Bueno, todo es ponerse ¿no? No sabía que os daban clases de mecánica también. – Curiosamente su mano sigue sujetando la mía mientras toquetea dentro del mecanismo de cierre de la puerta…creí entender que necesitaba las dos manos, pero vamos, que no me importa haberle entendido mal…y más cuando me parece sentir que me la está acariciando, ¿serán imaginaciones mías, mi propio afán de que eso suceda? Puedo observarle perfectamente ahora, es más, puedo olerle a discreción, le tengo a escasos centímetros de mi, y puedo deleitarme en imaginar que mis labios se acercan para besar esa barbilla marcada, sus hoyuelos incitantes, su naricilla desafiante…

- ¿Te cansas? – su voz me distrae de mis divagaciones..¿cansarme yo?¿de mirarle?¿de desearle?

- No, no, podemos estar así el tiempo que haga falta… - Se gira y me mira, con intensidad, parece intentar leer el significado oculto en mis palabras, en el tono de mi voz, en el brillo de mis ojos.

- Por mí sería toda la noche… - Esta vez sí que se ha tenido que dar cuenta, mi exclamación mezcla de sorpresa, turbación y excitación ha sido totalmente audible. Mis piernas empiezan a temblar, y aunque mi mano podría estar en esa posición toda la noche, mis piernas se niegan a conspirar de la misma forma y en ese momento flaquean. El me sujeta por la cintura con la otra mano, soltando lentamente la portezuela…pero sin soltar mi mano.- Bueno, de todas maneras creo que ya está arreglada la puerta. – Como si eso me importara lo más mínimo, teniéndole agarrado a mi cintura y…oh, Dios…y llevándose mi mano a su pecho…me he quedado muda, en serio.. - ¿Estás bien? - ¿El séptimo cielo es donde uno va cuando se siente bien? Por más que lo intento no consigo más que sonreir de forma estúpida y asentir con la cabeza, creo que me ha hipnotizado con su mirada y algún resorte o fusible se ha fundido en mi cerebro…el de la voluntad posiblemente porque cuando él se acerca a mi y parece querer besarme, todo mi cuerpo reacciona a sus deseos…que todo hay que decirlo, coinciden con los míos. Sus labios son cálidos, turgentes, su contacto delicado, como si temiera asustarme o dañarme y noto, ahora sí, como pierdo el norte, como me envuelve una acaloramiento repentino que me deja totalmente a su merced, mi cuerpo como de goma en sus manos.

Parece que va a apartarse y en ese instante algo en mi despierta y rodeo su cuello con mis brazos, buscando de nuevo su boca, deseándola ardientemente, y necesito adentrarme más, conocer los recónditos secretos que oculta en ella, hasta que un leve gemido que surge de lo más hondo de mis entrañas me indica que he encontrado uno de sus tesoros: una lengua juguetona y ágil que se entrelaza con la mía en un juego travieso. Creo que me ha cogido por la cintura, pero no puedo asegurarlo, son tantas las sensaciones que ahora recorren mi cuerpo que no podría jurar que ninguna de ellas es real, pero todas en su conjunto hacen que este momento se asemeje exquisitamente a un sueño hecho realidad. El tiempo se suspende y se expande de una forma curiosa, como si se convirtiera en cómplice de una complicada trama de lujuria, deseo y connivencia entre ambos.

- ¿Quieres que te acompañe hasta tu casa? Este es mi último viaje de hoy…y no importa si el autobús se queda en la última parada durante unas horas… - Qué elegante proposición, que sabrosa tentación brota de esos labios que me invitan a seguir explorándole, a no quedarme en las lindes de ese territorio ignoto, a dibujar con mis manos y mis labios el mapa de su placer.

- Sólo si me permites que te invite a desayunar… - No esperaba que me atrajera hacia sí con esa fuerza arrolladora que estoy deseando sentir dentro de mi, y mucho menos esperaba ese susurro provocador que me eriza todos y cada uno de los vellos de mi cuerpo…

- Será un inmenso placer….para los dos…

Jugando...(3)


Me despierto, y aún estás dormido, en tu rostro se refleja la satisfacción de conseguir que me durmiera a pesar de estar inquieta, con tus caricias suaves y cariñosas. Ya me vas conociendo, y sabes cuando quiero caricias de un tipo o de otro. Sonrío al coger la pluma que guardo en el cajón, y la paso lentamente por tu cuerpo desnudo... lentamente te desperezas y te sobresaltas al verme despierta, casi siempre eres tú el primero en hacerlo, y en observarme hasta que abro los ojos, para poder desearme los buenos días.
- Señora, lo siento me he quedado dormido - haces ademán de levantarte, pero te detengo.
- Tranquilo, esas cosas suceden, - sonrío bromeando. Sabes qué cosas son importantes para mi, y aunque te gusta llenarme de atenciones para que me sienta mimada, en realidad no son imperativas, las haces porque te gusta hacerlas, y a mi me parece bien.
- Pero... no tengo preparado el desayuno - pareces encantadoramente preocupado.
- He pensado en algo mejor para desayunar...- la pluma desciende por tu cuerpo, haciéndote cosquillas, y provocando que se erice el vello por donde pasa.
- Señora.... no voy a poder evitar excitarme si sigue así... - sonrío de nuevo y detengo la pluma en el aire, disfrutando de tu expresión de consternación.
- Tienes razón, quizá sea muy temprano para jugar - me tumbo en la cama boca arriba, paseando la pluma por mi cuerpo, mientras tus ojos te delatan, y sé que te gustaría poder ser esa pluma sobre mi piel.
- Lo que guste, sabe que estoy aquí para servirla... - titubeas, no sabes si continuaré o no, pero lo deseas.
- Bien, entonces prepárame un baño - tu cara se ilumina, sabes que me enjabonarás, que tus dedos rozarán lugares prohibidos, que me abrazarás al rodearme con la toalla, y que después vendrá el ritual de la crema hidratante, empezando por los pies, y das gracias por haber aprendido a dar masajes, porque estás seguro de poder provocarme esos gemidos suaves que tanto te excitan.
- Sí, Señora, enseguida.

Jugando... (2)



Hoy no me apetecía cenar en casa, así que hemos quedado en el restaurante. Me gusta este ambiente elegante donde la gente guarda tan bien las apariencias. Ahí estás, sentado, esperándome y tu cara se ilumina al verme.
- Veo que has hecho una buena elección, tendré que dejarte hacerlo más a menudo, esa camisa ajustada te queda muy bien, y el negro es mi color favorito - sonríes encantado por mi comentario, porque si me gusta como te sienta algo, te miraré con mucha más atención, y sentirte observado te hace sentir valioso.
- Lo sé mi Señora, por eso la elegí - buscas en mi mirada ese signo de aprobación que te hace feliz.
Me siento enfrente de ti, este lugar es uno de mis favoritos porque aún usan esos manteles largos tan discretos, que llegan casi hasta el suelo. Cuando el camarero se acerca pido un plato de pasta y de segundo la ternera con salsa de queso, y para beber una botella de agua fría.
- ¿Y el señor qué va a tomar? - me miras, esperando a ver qué decido.
- El señor no va a tomar nada, gracias, solo me acompaña - el camarero, frunce el ceño pero recoge la carta y se retira con una leve inclinación de cabeza.
- Yo la sirvo mucho mejor, Señora, si me permite decirlo.
- Por supuesto, pero sabes que me gusta cambiar de ambiente, y verte aquí sentado, como un señor, me parece muy adecuado esta noche.- Te ruborizas, el que te considere un señor te hace pensar en lo importante que eres para mi, porque estarías dispuesto a ser el mendigo más pobre si con ello me contentaras. Llega el primer plato y empiezo a comer la pasta, saboreándola. - Estoy realmente hambrienta... ven acerca tu silla y siéntate a mi lado - obedeces en décimas de segundo, poder estar más cerca de mi es todo un privilegio. Cojo el tenedor y enrollo unos spaghetti, llevándolos a tu boca. El camarero al pasar observa la escena aun más extrañado. Quizá piensa que la crisis hace que la gente se comporte de manera extraña... y no sabe hasta qué punto...
- Gracias mi Señora, está delicioso cuando viene de su plato.
Lentamente van desapareciendo los spaghetti, en tu boca y en la mía, usando el mismo tenedor, y con cada bocado, las miradas son más intensas. Sabes que te está permitido mirarme a los ojos, que puedes mirar mi boca cuando paso la lengua para recoger los restos de salsa. Noto ese gesto inconsciente de relamerte al mismo tiempo, como imaginando que es tu lengua la que recorre mis labios.
- ¿Tienes sed? - te pregunto, llenando el vaso de agua.
- Un poco sí - te ruborizas, como si tener una necesidad fuera algo prohibido. Bebo del vaso y te hago un gesto para que te acerques. Cojo tu mentón con el índice y acerco mi boca a tu boca, traspasando hasta la última gota.... y antes de separarme recorro tus labios con la lengua, limpiándote los restos de salsa.

El camarero nos observa sin decir palabra y los comensales de las mesas adyacentes hacen algunos comentarios por lo bajo. Me resulta estimulante provocar que el orden y las formas establecidas se tambaleen. Sé por el suave suspiro que exhalas que estás ya excitado, y deslizo mi mano por debajo del mantel, para acariciarte. Tus ojos se cierran por un instante, no hay nada tan esperado, ni tan deseado como el momento en el que te toco.
- Señora, sé que se lo digo a menudo, pero me vuelve loco.
Sonrío, mientras te desabrocho el pantalón.
- Pues aún nos queda la carne y el postre.....
Tu paciencia es infinita, sabes que este juego se prolongará hasta que decida qué quiero hacer esta noche contigo.

Jugando...

- Buenas tardes Julián, llego algo tarde, hemos tenido una reunión de claustro inesperada - dejo las carpetas sobre una silla, y el bolso y la chaqueta colgados en el gancho de la pared.
- Estaba preocupado, llevo esperando esta clase ya días, como siempre está tan ocupada, pero me alegro de que haya podido venir, ¿y cuál va a ser la clase de hoy? - te pones de pie a la espera de que me acerque a la mesa de despacho, pero no lo hago, y vacilas entre sentarte de nuevo o quedarte como estás.
- ¿Ya no recuerdas de qué iba el tema de la clase? Pues sí que empezamos bien, yo que vengo con retraso... - me dirijo al biombo que hay en un lateral del despacho - Espérame aquí que me cambio de ropa y enseguida empezamos, - sigo hablando desde detrás del biombo. - Hoy íbamos a trabajar los roles en un encuentro entre hombre y mujer ¿recuerdas?
- Ah si! ahora lo recuerdo. - Miras en dirección al biombo, esperando poder ver algo por las rendijas - ¿Tenía que haber venido vestido de alguna manera especial? Lo digo porque parece que se está preparando a conciencia.
- Bueno, ya te dije que me gustan las clases prácticas, son las que más enseñan... - por encima del biombo aparece la falda, y al poco rato la camisa que llevaba puesta, - y en este caso vamos a empezar con algo básico...
Te acercas un poco más al biombo y coges la blusa, acercándola a tu nariz para olerla.
- Buen perfume - intentas ver por encima del biombo. - Recuerdo que me dijo que le gustaban más las prácticas, pero, siendo la asignatura que es, eso podría llegar a excitarme ¿lo sabe?
Asomo la cabeza por un lateral del biombo.
- No se trata de que te excites, se trata de que aprendas, por eso esta asignatura es de Comportamiento Humano y estas prácticas se engloban específicamente en el comportamiento sexual...pero recuerda que soy tu profesora en todo momento. - Aparezco vestida con pantalones de camuflaje, camiseta caqui ajustada, y unas botas militares de caña alta. - Bien, veamos, entonces para la clase práctica de hoy, supongamos que eres un cadete recién llegado y yo soy tu sargento...veamos si eres capaz de superar la prueba, las otras veces lo hiciste estupendamente, casi de excelente.
- ¿Tengo que llamarla mi sagento? es algo que no he comprendido - tragas saliva, seguramente por la indumentaria, y las botas.
- Me llamarás Mi Sargento, y de usted, cadete - me cuadro delante de ti, con las manos a la espalda, marcando pecho, - lo primero es el respeto, - te observo de arriba a abajo con mirada penetrante.
- !!A la orden mi sargento!!, lo que usted diga - tus ojos se desplazan durante unos segundos hacia mis pechos marcados debajo de la camiseta, pero enseguida desvías tu mirada al frente.
Enarco una ceja y sonrío durante un leve momento, posando la mano sobre el bíceps musculoso del brazo que levantas en el típico saludo militar.
- Veo que has sido entrenado duramente, estos músculos parecen listos para la acción...
- Sí, mi sargento, fuí entrenado para la acción - sin dejar de mirar al frente, frunces el ceño pensando a qué clase de acción me estoy refiriendo. - Y bien, ¿qué es lo que ordena usted para hoy? - tensas más el musculo, para que siga agarrándolo y note su fuerza.
- Bien, empezaremos con unas cuantas flexiones para comprobar tu aguante...al suelo cadete, brazos estirados, ese trasero más tenso...adelante! uuuunaaaaa, doooooosssss... - me coloco encima de ti, con una pierna a cada lado, observando atentamente el subir y bajar de esos brazos musculosos.
Te colocas en posición de flexión y comienzas a bajar y subir, girando un poco tu cabeza, para observarme mientras estoy por encima de tí, e intentas impresionarme haciendo unas cuantas flexiones. Sonrío cuando sé que no puedes verme.
- No, no, cadete, estás subiendo demasiado ese trasero....- me agacho hasta quedar en cuclillas sobre tus nalgas, - cada vez que me roces tendrás que hacer diez flexiones más.
Te quedas rígido, con los brazos estirados y me miras, sonriendo levemente.
- Mi Sargento... ¿usted me quiere matar hoy?
- Estoy comprobando tu capacidad cadete, y eso implica ser capaz de ir más allá de tus límites...¿es que no te ves capacitado? - Te sonrío abiertamente mientras empujo lentamente tu espalda con el dedo índice para que inicies el descenso de nuevo. Después de dos flexiones más te quedas en el suelo.
- ¿Y qué sucedería si no fuera capaz de hacerlo? - Casi me parece detectar un tono de desafío, aunque la posición que mantienes es de aparente rendición. Enarco una ceja, y levantando una de mis botas la coloco sobre tu espalda.
- ¿Quieres desafiarme? No te lo recomiendo, puede que pases los próximos días en un calabozo frío y húmedo.....es lo que ocurre cuando el cadete no complace a su sargento.
- Es que no me veo capaz de seguir haciendo esas flexiones si la noto a usted rozándome las nalgas cada vez, creo que es superior a mis fuerzas. - Mi bota te presiona un poco más y gimes levemente.
- Date la vuelta, cadete. - De mi bolsillo trasero extraigo unas esposas y agachándome rápidamente engancho una de ellas a tu muñeca y te indico con un gesto de la mano abierta que te levantes, apartándome ligeramente pero no tanto, para que tengas que hacerlo pasando muy cerca de mi cuerpo.
- Espero que sepas comportante como se espera de tí, soldado. Te levantas lentamente y te pegas tanto a mi cuerpo que puedes sentir mis pechos, notando como con el roce mis pezones se endurecen.
- Y yo espero no defraudarle mi sargento.
Sin apartarme ni un centímetro, tiro del brazo esposado hacia atrás, y tomando el otro brazo lo llevo también a tu espalda, acercando mi cuerpo al tuyo, esposando ambas manos juntas. Mi mejilla roza la tuya, y con voz autoritaria te susurro al oído, - Sé que no me defraudarás, estoy segura de ello. Al escuchar mi voz, ya sabes que sí, que estás en mis manos y que no tienes nada que hacer.
- Mi sargento, ¿permiso para hablar?
- Adelante, tienes permiso para hablar. - Me coloco a tu espalda, tirando hacia abajo de las esposas, comprobando que están bien cerradas, observando la postura que mantienes, atenta a tus reacciones.·
- Bueno, quería decirle que su forma de instruirme me gusta, además de el tono de su voz, no sé si eso será bueno para mi instruccion, porque en cualquier momento podría sentirme atraído por usted. - Giras un poco la cabeza, mirando mis labios, comiéndotelos con la mirada. Suelto las esposas y vuelvo a colocarme delante de ti
- Así que empleando la táctica del peloteo... ¿Estás intentando camelarme cadete?¿Crees que porque me digas que soy deseable no voy a tratarte como mereces? - Agarro con fuerza tu camiseta y la desgarro de arriba a abajo.
- Mi sargento si piensa eso, es muy libre de hacerlo, solo le digo lo que mi cuerpo está experimentando, si lo prefiere le diré que no me atrae, pero eso sólo le servirá a usted. - Miras mis manos y en tu imaginación deseas que mis manos toquen tu cuerpo. - Puede hacer lo que quiera conmigo, no seré yo quien le diga a un superior lo que tiene que hacer.
- Cadete, de rodillas....mirada al frente y nada de tonterías....así que no te atraigo....
- No, no me atre nada mi sargento, - caes de rodillas, - ¿esto es lo que quiere? - tu mirada se clava en la pared, intentando no mirarme, ya que podrian delatarte tus deseos. Doy una vuelta completa a tu alrededor hasta colocarme de nuevo delante de ti.
- No desvíes la mirada.... - levanto mi camiseta caqui y acerco mi cinturón a tu boca. - Desabróchalo con los dientes. - Siento el impulso de agarrarte por el pelo y acercarte más, pero me contengo.
- Lo que diga mi sargento. - Intentas desabrochar el cintron, cosa que parece imposible, la hebilla está muy dura para tu boca, pero al intentarlo, tu lengua roza la parte descubierta de mi vientre.
- Imposible, no puedo hacerlo, espero que no se enfade...
Ahora sí que no me contengo. Te agarro del cabello y tiro de tu cabeza hacia atrás.
- ¿De qué te estás relamiendo, soldado? - Acerco mi rostro al tuyo, manteniendo mi boca a escasos milímetros de la tuya, mirándote a los ojos con severidad y lascivia. - ¿No eres capaz de cumplir una simple orden?
- No es que no sea capaz, pero que me haga desabrochar el cinturón con la boca, creo que no hay nadie que pueda hacerlo, mi Sargento.
- Entonces tendré que castigarte de forma que no olvides que siempre, siempre, debes seguir las órdenes de un superior. - Me desabrocho el cinturón y bajo la cremallera, y esta vez tus dientes tiran del pantalón hacia abajo, ahora sí puedes complacer a tu Sargento.

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